Acá vuelvo con el tema del agua que les prometí, Agronautas. En la costa peruana pasa algo casi milagroso: abrimos una compuerta y el agua aparece. Llega puntual, disciplinada, obediente. Riega paltos, uvas, arándanos, espárragos, arroz y maíz. Alimenta exportaciones, empleos y balances financieros. Y lo hace, además, casi gratis. Tan gratis, que ya nos convencimos de que siempre estará allí. Ese es el problema.
Vivimos en un planeta donde cerca de dos tercios de su superficie está cubierta por agua. Sin embargo, solo el 2.5% es dulce y apenas el 0.3% es realmente apta para el consumo humano. El resto es salada, inaccesible o técnicamente inviable (o sea, bonita para la foto, inútil para el riego). Aun así, la tratamos como si fuera infinita. Las proyecciones indican que, hacia el año 2050, cerca del 25% de la población mundial vivirá en países afectados por escasez crónica y reiterada de agua dulce. El Perú, lamentablemente, figura entre los más vulnerables: costa desértica, glaciares en retirada, acuíferos sobreexplotados y una demanda agrícola que no para de crecer. Una tormenta perfecta… sin agua.
No es casualidad que los ejemplos más citados en materia de gestión hídrica —Israel, California y Almería— se parezcan tanto a nuestra costa: zonas áridas, alta presión productiva y fuerte dependencia del agua regulada. Son territorios donde el agua escasea y, justamente por eso, se la toma en serio.
En el Perú, más del 80% del agua regulada se utiliza en agricultura. Y existe, además, un fuerte desbalance entre la vertiente oriental, donde el agua sobra, y la occidental, donde se concentra la producción y el recurso falta. Nuestro problema no es solo de cantidad, sino de distribución, gestión y —sobre todo— visión de largo plazo.
En este contexto, vale la pena preguntarse cuánto cuesta realmente el agua agrícola en nuestro país. En promedio, un agricultor —que no sea de arroz ni de caña, porque ahí la cosa ya es otro campeonato— paga alrededor de S/ 120 por hectárea al año. Traducido a volumen, estamos hablando de aproximadamente S/ 0.015 por metro cúbico: un centavo y medio de sol. En términos prácticos, el agua representa menos del 2% del costo total de producción en la mayoría de cultivos tradicionales.
Incluso en proyectos agroexportadores tecnificados, donde se paga bastante más que el promedio, el peso del agua sigue siendo marginal. En cultivos como el arándano, por ejemplo, el costo del agua suele representar menos del 1% de los costos directos. Y eso, francamente, es una locura. Estamos hablando del insumo crítico pagando menos que el margen de error de las encuestas preelectorales.
Cuando miramos fuera del Perú, el contraste es evidente. En Israel, el agua agrícola cuesta entre 0.20 y 0.50 dólares por metro cúbico. En California, oscila entre 0.20 y 1.45 dólares en periodos críticos (cuando ya nadie se ríe). En Almería, va de 0.20 a 0.60 dólares, siendo este último correspondiente a agua desalada subsidiada. En el Perú, seguimos pagando menos de medio centavo de dólar. No es una diferencia marginal: es una diferencia de otro planeta.
Este bajo precio tiene consecuencias. En economía hay una regla simple: lo que no cuesta, no se cuida. Y en la agricultura peruana, el agua no duele. Se riega por exceso, se pierde por filtración, se inunda el suelo, se saliniza el perfil y se vacía el acuífero. Me atrevería a decir que, del poco menos de un millón de hectáreas bajo riego que tiene la costa, al menos un 30% —unas 300 mil hectáreas— ya presentan problemas serios de salinidad y drenaje. Una herencia poco simpática para la siguiente generación de Agronautas.
Desde la consultora, habiendo participado en más de 50 asesorías vinculadas al uso de agua subterránea solo en Ica, hemos visto cómo en varias zonas los niveles de salinidad aumentan año tras año y los caudales disminuyen de forma sostenida. Los mmhos suben. Los pozos rinden menos. Los agricultores rezan más. No es teoría: es realidad de campo.
Desde un punto de vista académico, es posible calcular el valor real del agua mediante complejos modelos econométricos basados en productividad marginal. Se pueden usar modelos lineales, cuadráticos y exponenciales si uno quiere impresionar en un seminario. Pero no hace falta llegar tan lejos para ver el problema: estamos pagando un precio artificialmente bajo por un recurso estratégico. De lo que he podido revisar, diversos estudios coinciden en que las tarifas actuales deberían multiplicarse entre 2.5 y 3 veces para cubrir adecuadamente la operación, el mantenimiento y la modernización del sistema. No se trata de castigar al agricultor. Se trata de sincerar el sistema. Hoy el agua es barata porque está subfinanciada. No es ahorro. Es deuda hídrica… con intereses.
Si algún día reflejamos precios más reales, veremos inevitablemente una reconversión productiva. Especialmente en el norte, donde cultivos altamente demandantes de agua, como el arroz, tenderán a desplazarse hacia zonas más húmedas de la selva, liberando espacio en la costa para cultivos de mayor valor. Eso no es una amenaza. Es eficiencia territorial. Y también sentido común.
De hecho, ya se están perfilando iniciativas privadas en la costa que ofrecen agua regulada y de excelente calidad a precios del orden de 0.30 a 0.50 dólares por metro cúbico. Para muchos cultivos de agroexportación de alto rendimiento, esos costos son perfectamente absorbibles. A cambio, se obtiene seguridad hídrica con agua de buena calidad todo el año. Y eso, en el largo plazo, vale oro… o al menos reducen el riesgo de los dólares bien invertidos.
Paralelamente, hay que mirar hacia arriba. En la sierra, amunas, qochas, zanjas de infiltración y forestación de laderas permiten infiltrar agua en época de avenida para recargar acuíferos y evitar que ese recurso termine perdiéndose en el mar. Con la consultora he tenido la oportunidad de participar en el diseño de proyectos de este tipo en el Perú, así como en iniciativas en España y Egipto que integraban energías renovables para reducir los costos operativos de plantas desaladoras que hoy bordean los US$ 0.80 por metro cúbico.
Y ya que hablamos del mar, hay otro dato poco conocido: el océano Pacífico es, en promedio, menos salado que el Atlántico. Eso hace que desalar agua en nuestra costa sea, técnicamente, más eficiente y menos costoso. No es una panacea, pero sí una herramienta que irá ganando espacio conforme las tecnologías se hagan más baratas… y los sustos más frecuentes.
Si queremos avanzar con inteligencia, hay al menos cinco líneas claras: medir de verdad, pagar por volumen, supervisar a los gestores del agua, diferenciar tarifas según cultivos, cuencas y proyectos, crear fondos hídricos (canon) por cuenca para sembrar agua aguas arriba y cobrar por los servicios ecosistémicos a los de abajo que se benefician.
El agua no es gratis. Solo la estamos pagando tarde (y mal). La pagamos con suelos degradados, acuíferos agotados, gestores descapitalizados, conflictos sociales, proyectos truncos e inseguridad hídrica. O aprendemos a valorarla hoy, con inteligencia y gradualidad, o mañana la pelearemos gota a gota.
Créanme, queridos Agronautas: ese será un negocio mucho más caro.
Bueno, en la siguiente historia les prometo una última entrega sobre el agua para completar la saga y pasar a otros temas importantes.
Con la fe intacta en el agro (y esperando que por invocar tanto el tema del agua El Niño no se nos venga tan bravo), un abrazo, Agronautas
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