Sé que el título de esta historia más parece la frase inicial de un chiste malo y, si no estamos atentos, créanme que por allí vamos. Todos los Agronautas hablamos como expertos de El Niño. Todos discutimos sus efectos inflacionarios, cuánto lloverá, cuánto subirá la temperatura, qué obras no se hicieron, qué gobierno no ejecutó el presupuesto, qué río se desbordará y cuántas hectáreas podrían quedar afectadas.
Para empezar, lo más importante es la vida de las personas. Allí debería estar el foco de empresarios, pobladores rurales y del aparato estatal frente a estos desastres potenciales.
Pero, sin ser indolente, hay una pregunta incómoda: Ahora que sabemos que El Niño viene —y que en algunas zonas ya está mostrando sus efectos—, ¿qué voy a hacer yo?
No el gobierno. No el Ministerio. No la autoridad regional. Yo.
¿Qué voy a hacer con mi campo, con mis inversiones, con mi caja y con mi negocio? Porque el productor agrícola conoce perfectamente la palabra resiliencia. La practica todos los días. Sabe que hay cosas que puede controlar y otras que no. Y después de varias décadas recorriendo campos, viendo fracasar y prosperar negocios agrícolas, aprendí que la primera regla de la resiliencia es bastante sencilla:
No gastar energía preocupándose por aquello que está fuera de nuestro control.
El Niño viene y casi ya está aquí. Pues bien. La pregunta ya no es si podemos evitarlo. La pregunta es cómo vamos a minimizar su impacto y, sobre todo, cómo vamos a utilizar este año difícil para salir mejor preparados para los siguientes tres.
Porque El Niño no es solamente un fenómeno climático. Para el empresario agrícola es un problema de fisiología vegetal, infraestructura, manejo agronómico, logística, mercado y, finalmente, asignación de capital.
Primero entendamos al enemigo
El primer golpe es bastante obvio: lluvias extraordinarias en un sitio, sequías en otro, quebradas activadas, inundaciones, huaycos, canales y drenes que no dan abasto, caminos destruidos y campos afectados.
En el Perú hemos tenido años para prepararnos y la prevención de infraestructura frente a eventos extremos ha avanzado menos de lo que debería. El nuevo gobierno de turno tiene un nuevo Zar de El Niño que junto a su buena voluntad, deberá contar con la participación de todos para poder hacer lo que se pueda en el tiempo que queda. No le han dado tiempo a nuestro nuevo ministro y ojalá cuente con las herramientas, a pesar de los gobiernos regionales bastante flojitos y una ANA lleno de burocracia y con poca capacidad de ejecución.
Seguramente en la misma encrucijada estarán, principalmente, colombianos y brasileros, con los que compartiremos impactos similares de esta odisea meteorológica. Y estoy seguro de que esa discusión política podrá continuar. Pero el productor no puede esperar.
Y aquí aparece un segundo problema, menos visible pero igualmente peligroso:
El agua que no destruye físicamente el campo puede destruirlo fisiológicamente.
Un suelo saturado pierde aireación; las raíces trabajan en condiciones de hipoxia o anoxia y la absorción de agua y nutrientes se altera. Una lluvia abundante incluso puede ayudar a lavar sales acumuladas durante años, pero solamente si el agua puede salir.
Por eso, antes de que llegue la lluvia, hay una inversión poco glamorosa pero de enorme retorno: limpiar drenes, revisar canales, despejar salidas y asegurarse de que el agua tenga por dónde irse. No es sofisticado. Pero funciona.
Y después viene el calor
Una planta vive de un delicado equilibrio entre fotosíntesis, respiración, crecimiento y acumulación de reservas. Cuando la temperatura aumenta demasiado, ese equilibrio comienza a romperse.
La planta cierra sus estomas para no perder agua, entra menos CO₂, la fotosíntesis disminuye y la respiración continúa consumiendo carbono. La Rubisco, esa enzima que todos los técnicos recuerdan de sus clases de fisiología vegetal, puede incluso favorecer la fotorespiración.
En castellano Agronauta: la planta puede seguir creciendo mientras, internamente, empieza a gastar más de lo que produce. Y ahí está la trampa. Porque cuando llegue el momento de utilizar esas reservas para florecer y producir, la planta puede encontrarse con la cuenta bancaria fisiológica casi vacía.
Además, en la costa peruana tenemos un invierno bastante peculiar. Si reducimos aún más las horas de frío y la amplitud térmica, algunas especies pueden recibir señales insuficientes para entrar correctamente en su fase reproductiva.
¿Qué pasa con nuestros tres grandes cultivos de exportación?
En arándanos, el calor puede traducirse en menor productividad, firmeza, turgencia, crispness, sabor y vida poscosecha, además de afectar la acumulación de pigmentos cuando se combina con una baja amplitud térmica. En palta, el impacto puede llegar con retraso: el invierno del 2026 no ha entregado las condiciones necesarias para una adecuada diferenciación floral y la planta consumirá sus reservas de carbono bajo temperaturas elevadas, el árbol seguramente seguirá creciendo, pero comprometerá seriamente su respuesta reproductiva y la siguiente campaña (2027). En uva de mesa, los efectos pueden ser más inmediatos sobre fenología, maduración, coloración, condición y vida poscosecha, con la lluvia agregando un riesgo adicional, especialmente en el momento equivocado, si se arranca en octubre-noviembre. Por eso, este año la inspección en destino y la calidad serán todavía más importantes: activa tus pólizas de seguro, Agronauta, y cuidado con los rechazos, aunque te digan que en escasez te compran hasta las piedras.
Y aquí está la trampa empresarial: Perú tiene suficiente participación en determinadas ventanas comerciales para que una menor oferta pueda sostener mejores precios. Es decir “menos” puede resultar siendo “más”, pero una menor calidad puede generar descuentos. Ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo. Así que antes de celebrar el precio futuro, mira el mapa completo: un precio alto no necesariamente salva un campo si los costos suben y la fruta pierde condición.
Entonces, Agronautas, ¿qué hacemos?
No voy a hacer otra “lista de lavandería” con veinte recomendaciones que sirvan para todos y para nadie.
El Niño no afecta igual a un arándano en Piura que a uno en Ica. No afecta igual a una uva temprana que a una tardía. Y tampoco afecta igual a un productor con caja que a uno altamente endeudado.
Cada productor necesita construir su propio programa de mitigación.
Pero debería comenzar respondiendo cinco preguntas:
¿Dónde estoy? La ubicación determina temperatura, lluvia, drenaje, horas de frío, riesgo de inundación y ventana comercial.
¿Qué tengo sembrado? No todas las variedades tienen los mismos requerimientos de frío, tolerancia al calor ni comportamiento fenológico.
¿En qué etapa está mi cultivo? No es lo mismo una plantación recién instalada que una madura, ni estar antes de la diferenciación floral que a semanas de cosecha.
¿Cuánto puedo invertir? Las soluciones tienen un costo. Y la mejor estrategia agronómica puede ser económicamente inviable para un productor determinado.
¿Qué puedo ganar o perder con cada decisión? No hay que preguntarse solamente si una tecnología funciona. Hay que preguntarse si funciona para mi campo.
Algunos tips del Agronauta
Primero: proteger el suelo y el agua antes que la fruta.
Un mulch que enfríe el suelo y un drenaje que funcione pueden valer mucho más que una aplicación que llega tarde.
Segundo: cuidar las reservas de la planta.
Si el cultivo no tiene condiciones para producir una cosecha rentable, no lo obligues a gastar recursos que necesitará para la siguiente.
Tercero: medir el costo marginal de cada kilo.
En un año de baja productividad, producir un kilo adicional puede costar mucho más que en un año normal.
Cuarto: cuidar la calidad antes que el volumen.
Una reducción de volumen puede ser positiva para un país que tiene capacidad de influir en el precio. Una reducción de calidad, no necesariamente.
Quinto: evaluar la ventana comercial.
Si todos van a cosechar al mismo tiempo, quizá la oportunidad esté en llegar después.
Sexto: no te enamores de tu variedad.
Una variedad que funcionó magníficamente durante diez años puede no ser la mejor para los próximos diez.
Séptimo: piensa dos veces antes de forzar a la planta
Dejar que una planta acumule un año más de reservas puede ser más rentable que obtener una cosecha pequeña, costosa y de mala calidad.
Octavo: aprovechar el año malo para hacer lo que nunca te atreves a hacer en un año bueno.
Renueva. Poda. Cambia de variedades. Mejora drenajes. Reconfigura el campo. Reduce costos. Aprovecha la oportunidad para reestructurar deuda.
Pero has algo Agronauta. Porque el peor error frente a El Niño es comportarse como si no estuviera ocurriendo.
Al final, cada eslabón de la cadena tendrá que administrar su propio riesgo: bancos, proveedores, exportadores, recibidores y, por supuesto, productores.
Pensamos que lo más bravo pasará entre octubre y diciembre de este año, pero no podemos decidir cuándo llega El Niño. Lo que sí podemos decidir es cómo llegamos nosotros a El Niño y, sobre todo, cómo queremos salir de él. Porque habrá quienes aprovechen el año difícil para construir una ventaja que aparecerá cuando el clima vuelva a normalizarse.
Esa, Agronauta, es la verdadera resiliencia: no sobrevivir a El Niño, sino salir de él mejor parado que cuando entramos. Así que la pregunta sigue siendo la misma: El Niño viene. ¿Qué vas a hacer tú? Y esta vez no vale decir que no te avisaron.
Con la fe intacta en el agro (pero ajustando más que nunca), un abrazo, Agronautas
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