COLUMNA DE:
Juan Faustino Escobar

Juan Faustino Escobar

Economista, Gerente General de la consultora Planeamiento & Gestión S.A.C., con estudios de maestría concluidos en Gestión Pública. Formula proyectos, planes de negocios, estrategias y es capacitador en temas de gestión empresarial: planificación estratégica y mercadeo de servicios. Ha realizado servicios para agencias de cooperación internacional, grandes empresas e instituciones públicas por más de 20 años. En ese marco, tiene capacidad para sostener diagnósticos y propuestas al más alto nivel basado en novedosos enfoques, estrategias y herramientas.
24 agosto 2026 | 09:52 am Por: Juan Faustino Escobar

Libre mercado y asimetrías: David y Goliad

Libre mercado y asimetrías: David y Goliad

El mundo no atraviesa solamente una etapa de dificultades económicas. Estamos ingresando en un cambio de época marcado por conflictos geopolíticos, guerras comerciales, retorno de los aranceles, crisis climática, inseguridad energética y alimentaria, y una acelerada revolución tecnológica encabezada por la inteligencia artificial.

Las reglas que organizaron la economía mundial durante las últimas décadas están siendo revisadas por las mismas potencias que promovieron la apertura comercial. Estados Unidos, China y la Unión Europea subsidian sectores estratégicos, protegen tecnologías, aseguran sus cadenas de abastecimiento y utilizan aranceles, restricciones comerciales y compras públicas para defender su producción y sus empleos.

Al mismo tiempo, la riqueza y el poder económico se encuentran extraordinariamente concentrados. Según el Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026, el 10 % más rico de la población posee aproximadamente el 75 % de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre dispone apenas del 2 %. El 1 % más rico controla por sí solo cerca del 37 % del patrimonio global.

En estas condiciones, resulta difícil sostener que el mercado mundial está conformado por participantes que compiten en igualdad de oportunidades. Unos países poseen capital, tecnología, conocimiento, financiamiento, grandes mercados internos y capacidad política para influir sobre las reglas internacionales. Otros intervienen principalmente como proveedores de materias primas, recursos naturales y mano de obra.

El Perú pertenece, en gran medida, a este segundo grupo. Representa aproximadamente el 0,3 % del PBI mundial y mantiene una estructura productiva basada principalmente en la exportación de minerales, productos pesqueros y bienes agropecuarios con diferentes grados de transformación. La apertura comercial ha permitido aumentar las exportaciones y acceder a importantes mercados, pero no ha modificado sustancialmente nuestra condición de economía primario-exportadora.

En el debate económico peruano se repite constantemente que necesitamos elevar la productividad. La afirmación es correcta, pero insuficiente. La productividad permite producir más y mejor con los recursos disponibles, pero no determina qué estructura económica queremos construir, qué sectores necesitamos desarrollar ni qué lugar aspiramos a ocupar en el mundo.

Podemos elevar la productividad minera y continuar exportando concentrados. Podemos mejorar el rendimiento de los cultivos y seguir vendiendo productos sin procesamiento. Podemos incrementar la producción pesquera y permanecer concentrados en harina y aceite de pescado. En todos esos casos existiría una mayor eficiencia, pero no necesariamente una transformación de la economía.

Por ello, antes de preguntarnos únicamente cómo producir más, debemos definir hacia dónde queremos ir. ¿Deseamos continuar como proveedores de materias primas o queremos convertirnos progresivamente en una economía capaz de transformar sus recursos, generar tecnología, desarrollar proveedores, crear empleos calificados, producir bienes con mayor valor agregado y conquistar mercados?

Sin una visión de desarrollo, la productividad puede perfeccionar el modelo existente, pero no superar sus limitaciones estructurales.

El Perú necesita una estrategia nacional de transformación productiva que parta de sus recursos, pero que no termine en ellos. La minería debería impulsar industrias proveedoras de maquinaria, ingeniería, servicios tecnológicos y soluciones ambientales. La agricultura tendría que desarrollar alimentos procesados, ingredientes naturales, productos diferenciados y cadenas agroindustriales. La pesca puede avanzar hacia alimentos de mayor valor, productos farmacéuticos y aplicaciones biotecnológicas. Nuestra biodiversidad debe convertirse en una plataforma de investigación, innovación y bioeconomía.

No se trata de abandonar las actividades primarias. Se trata de utilizarlas como base para construir capacidades productivas más complejas y lograr que una proporción creciente del valor generado permanezca en el país.

El economista surcoreano Ha-Joon Chang ha demostrado que muchas de las naciones que actualmente defienden el libre comercio no alcanzaron el desarrollo mediante una apertura irrestricta. Estados Unidos protegió durante largos periodos su industria con aranceles. Alemania promovió deliberadamente su industrialización. Japón y Corea del Sur orientaron el crédito, apoyaron actividades nacientes y exigieron resultados a las empresas beneficiadas. China combinó apertura comercial, inversión extranjera, empresas estatales, transferencia tecnológica y planificación económica.

Primero construyeron capacidades productivas. Después compitieron internacionalmente.

Chang denomina a este comportamiento “retirar la escalera”: los países desarrollados utilizaron determinados instrumentos para alcanzar una posición ventajosa y, una vez conseguida, recomendaron a las economías más pobres que renunciaran a ellos.

Esto no significa que el Perú deba cerrar su economía ni proteger indefinidamente empresas ineficientes. Significa que la apertura comercial debe formar parte de una estrategia productiva, tecnológica y comercial. El respaldo del Estado debe ser temporal, transparente, evaluable y condicionado al cumplimiento de metas de innovación, calidad, productividad y acceso a mercados.

La historia de David y Goliat ofrece una metáfora útil para comprender el desafío peruano. David no intentó igualar la fuerza de su adversario ni combatir con sus mismas armas. Reconoció la asimetría, evitó enfrentarlo en el terreno donde Goliat era superior y utilizó estratégicamente sus propias ventajas.

El Perú enfrenta un desafío semejante. No posee la capacidad financiera, tecnológica, industrial ni política de las grandes potencias. Si participa en la economía mundial únicamente como proveedor de materias primas y acepta pasivamente las condiciones definidas por los países más poderosos, termina combatiendo con las armas de Goliat, pero sin contar con su fuerza.

La enseñanza no consiste en retirarnos del mercado, sino en participar con una estrategia propia. El Perú debe identificar los espacios en los que puede diferenciarse, elegir los mercados que pretende conquistar y desarrollar las capacidades necesarias para competir en ellos. Nuestra biodiversidad, variedad climática, riqueza cultural y ubicación geográfica pueden convertirse en ventajas, pero solamente si se transforman en conocimiento, innovación, productos, servicios y marcas.

Cuando los competidores son profundamente desiguales, la estrategia y la elección del terreno de competencia son anteriores a la productividad.

Las desigualdades existentes entre países se repiten dentro del territorio nacional. Lima concentra aproximadamente el 43 % del PBI peruano y una proporción todavía mayor de la manufactura, el financiamiento, los servicios empresariales, la investigación, las universidades y las decisiones públicas y privadas.

Mientras tanto, numerosas regiones continúan especializadas en la extracción de recursos naturales o en la producción agropecuaria con escasa transformación. Pueden generar una parte importante de las exportaciones nacionales y, al mismo tiempo, presentar elevados niveles de pobreza.

En 2025, la pobreza monetaria afectó al 25,7 % de la población peruana. Sin embargo, alcanzó el 41 % en Cajamarca y el 40,1 % en Loreto, mientras que en Ica llegó solamente al 4,5 %. Cajamarca dispone de minería y recursos agropecuarios; Loreto posee petróleo, bosques, biodiversidad y abundantes recursos hídricos. Pese a ello, esa riqueza natural no se ha convertido automáticamente en diversificación productiva, mercados dinámicos y bienestar para su población.

La disponibilidad de recursos, por sí sola, no garantiza el desarrollo. Lo decisivo es la capacidad para transformarlos, generar encadenamientos, incorporar conocimiento, crear empresas y colocar bienes y servicios competitivos en los mercados.

Las asimetrías internas también se observan en el abastecimiento de alimentos. En septiembre de 2025, Lima, La Libertad, Arequipa e Ica concentraron aproximadamente el 88,7 % de la producción nacional de aves. En el caso del huevo, Ica, Lima y La Libertad reunieron alrededor del 86 % de la producción.

Esto no significa que cada región deba producir todo lo que consume. La especialización territorial puede reducir costos, aprovechar economías de escala y mejorar el abastecimiento. El problema surge cuando determinados territorios venden principalmente productos agropecuarios poco transformados y adquieren bienes procesados procedentes de los polos productivos más desarrollados.

Algunas regiones producen diversos insumos y productos agropecuarios, pero poseen una capacidad limitada para transformarlos y articularlos con cadenas de mayor valor. En consecuencia, terminan comprando pollos, huevos, productos lácteos y otros alimentos procesados provenientes de los principales centros productivos del país.

Una región puede producir leche y adquirir yogurt, queso o leche industrializada fuera de su territorio. Puede producir papa, cacao, café o frutas, pero recibir solamente una pequeña parte del precio final porque el procesamiento, el financiamiento, la distribución y la comercialización se realizan en otros lugares.

Se reproduce así, dentro del Perú, una estructura semejante a la existente en la economía mundial: unos territorios aportan materias primas y productos poco transformados, mientras otros concentran la industria, la tecnología, los servicios modernos y la mayor parte del valor agregado.

El Perú dispone de información sobre cuánto exporta cada región al exterior, pero conoce mucho menos acerca de lo que los departamentos compran y venden entre sí. Sabemos cuánto exportan Cajamarca, Loreto o Ayacucho hacia otros países, pero no contamos con igual precisión con una matriz que muestre el origen y destino de los bienes comercializados dentro del territorio nacional.

El país necesita construir un sistema de cuentas de abastecimiento e intercambio interregional. Este permitiría conocer qué produce, compra y vende cada región; de dónde provienen los alimentos que consume; qué proporción de su demanda se atiende localmente; cuánto valor agregado sale de su territorio; y qué actividades podrían desarrollarse competitivamente en los ámbitos regional y macrorregional.

Esta información permitiría pasar de los proyectos productivos aislados a verdaderas estrategias de desarrollo territorial. También ayudaría a reconocer posibilidades de complementariedad, porque una región no necesita desarrollar toda una cadena dentro de sus límites políticos. Puede especializarse y articularse con territorios vecinos para formar mercados macrorregionales con mayor escala y capacidad de negociación.

Durante muchos años, las políticas de desarrollo han promovido genéricamente el aumento de la producción y la productividad. Sin embargo, producir más no garantiza mayores ingresos. Sin demanda, calidad, continuidad, logística y capacidad comercial, el incremento de la producción puede ocasionar sobreoferta, caída de precios y pérdidas para los productores.

El desarrollo productivo no comienza preguntando únicamente qué podemos producir. Comienza determinando qué mercados podemos atender y conquistar.

Antes de promover una actividad debe conocerse quién comprará, qué volumen requiere, con qué frecuencia, qué calidad exige, cuánto está dispuesto a pagar, cuánto cuesta transportar el producto y contra quién se deberá competir. Solamente después corresponde determinar la tecnología, la escala y las mejoras de productividad necesarias.

Este cambio de enfoque es fundamental. La productividad no debe impulsarse de manera genérica, sino en función de productos, cadenas y mercados previamente identificados.

Los gobiernos regionales y locales deberían estudiar la demanda de las ciudades, hospitales, universidades, programas alimentarios, hoteles, restaurantes, campamentos mineros y empresas. Sobre esa base se podrían promover organizaciones de productores, proveedores regionales, centros de acopio, plantas de transformación, cadenas de frío, certificaciones y acuerdos comerciales.

Las compras públicas también pueden contribuir, dentro de reglas transparentes de competencia y calidad, a vincular la producción territorial con la demanda institucional. De igual manera, las grandes empresas instaladas en las regiones pueden promover programas de desarrollo de proveedores locales.

Una región no se desarrolla simplemente porque produce más. Se desarrolla cuando convierte sus recursos en bienes y servicios competitivos, los coloca sostenidamente en los mercados y retiene una proporción creciente del valor generado.

El Perú no superará su condición primario-exportadora mediante una suma de proyectos aislados ni con llamados generales a elevar la productividad. Necesita una visión nacional que defina hacia dónde desea avanzar, qué actividades pretende desarrollar, qué capacidades debe construir y qué mercados busca conquistar.

Esa visión debe articular lo nacional con lo regional. Cada territorio necesita identificar sus recursos, conocimientos, empresas, mercados potenciales y los eslabones productivos que actualmente se realizan fuera de la región. El objetivo no es sustituir artificialmente todos los productos provenientes de otros territorios o del extranjero, sino seleccionar actividades viables que permitan transformar recursos, generar empleo calificado y conservar una proporción mayor del valor producido.

La estabilidad macroeconómica es indispensable, pero no sustituye una estrategia de desarrollo. La apertura comercial puede generar oportunidades, pero no garantiza que el país construya automáticamente nuevas capacidades productivas. El mercado muestra oportunidades presentes; la política de desarrollo debe contribuir a crear las capacidades del futuro.

La productividad es necesaria, pero requiere una dirección. Primero debemos decidir qué país queremos construir; después, identificar los mercados que pretendemos conquistar y, finalmente, desarrollar la productividad, la tecnología y la organización necesarias para competir en ellos.

La verdadera descentralización económica no consiste solamente en transferir presupuestos y competencias administrativas. También exige desarrollar empresas, tecnología, infraestructura, cadenas de valor y mercados en las regiones. Ese es el tránsito que necesita el Perú: pasar de una economía que exporta principalmente recursos a una nación que transforma, innova, compite y decide soberanamente su destino.