En el marco de una investigación en temas agrarios desarrollada en la región del Cusco, tuve la oportunidad de trabajar con un grupo de aproximadamente treinta jóvenes, principalmente egresados de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco. La experiencia no solo fue técnicamente satisfactoria, sino también profundamente inspiradora desde el punto de vista humano y profesional.
El trabajo de campo se desarrolló en condiciones que reflejan con crudeza la realidad del mundo rural andino: bajas temperaturas, conectividad limitada, extensas distancias y restricciones logísticas que ponen a prueba tanto la resistencia física como la vocación por el trabajo. Aun así, las y los jóvenes enfrentaron estas dificultades con responsabilidad, destreza y una notable capacidad de adaptación. El levantamiento de información, el análisis territorial y el diálogo con la población se realizaron con rigor y compromiso, demostrando una sólida formación en ciencias agrarias y un adecuado manejo de herramientas digitales.
Uno de los aspectos más valiosos fue su capacidad de relacionamiento con las comunidades. Los jóvenes se comunicaron con naturalidad tanto en castellano como en quechua, mostrando respeto cultural, empatía y un genuino interés por comprender la problemática agraria desde la voz de los propios productores. Asimismo, fue evidente el trabajo colaborativo entre mujeres y hombres, quienes se organizaron de manera equitativa, distribuyendo tareas, apoyándose mutuamente y cuidándose en contextos complejos. Esa forma de trabajo colectivo no solo hizo más eficiente la labor, sino que reflejó valores de solidaridad y corresponsabilidad que hoy son indispensables en el desarrollo territorial.
El desempeño general fue excelente. Sin embargo, esta experiencia también deja una preocupación de fondo: el estrecho mercado laboral al que se enfrentan estos jóvenes profesionales. Los indicadores disponibles —como la alta proporción de ingenieros agrónomos por habitante agrario y la limitada demanda efectiva del sector— evidencian un escenario restrictivo que no siempre reconoce ni absorbe el talento existente. Esta situación resulta desalentadora, sobre todo cuando se constata el alto nivel de preparación y motivación de una nueva generación que “tiene ganas de comerse el mundo”.
Según el siguiente cuadro, el promedio nacional es 216 ingenieros agrarios por cada 1000 productores, lo cual es muy alto. Siendo los extremos Lima con 1458 por mil ingenieros, y en el extremo inverso, Cajamarca que tiene 46 ingenieros por 1000 productores. Ver cuadro:
Peru: Ingenieros agrarios por mil productores, 2024
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Regiones |
Numero |
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Lima |
1458 |
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Tumbes |
966 |
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Lambayeque |
782 |
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Ica |
643 |
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Tacna |
392 |
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Ucayali |
335 |
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Arequipa |
333 |
|
Moquegua |
261 |
|
Nacional |
216 |
|
Pasco |
231 |
|
Ayacucho |
199 |
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Madre de Dios |
195 |
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Cusco |
187 |
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Huánuco |
186 |
|
Junin |
186 |
|
Piura |
185 |
|
La Libertad |
173 |
|
Loreto |
162 |
|
San Martin |
155 |
|
Puno |
117 |
|
Apurímac |
104 |
|
Huancavelica |
96 |
|
Ancash |
95 |
|
Amazonas |
65 |
|
Cajamarca |
46 |
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Fuente: CIP / MIDAGRI |
Investigador Dennis Pereyra |
Paradójicamente, este contexto coincide con un periodo de profunda transformación del conocimiento, marcado por la llamada Cuarta Revolución Industrial. La digitalización, la agricultura de precisión, el análisis de datos, la innovación tecnológica y los nuevos enfoques de sostenibilidad abren oportunidades que aún no están plenamente articuladas con el mercado laboral agrario. Existe, por tanto, una brecha entre el potencial de los jóvenes y las estructuras institucionales y productivas que deberían integrarlos.
Frente a ello, el mensaje es doble. Para las y los jóvenes, con quienes compartimos el trabajo, la invitación es a no detenerse: seguir formándose, especializarse, innovar, articularse en redes, explorar nuevos nichos y mantener una actitud de mejora constante. El talento demostrado en campo es una base sólida para construir trayectorias profesionales que, aunque hoy enfrenten obstáculos, pueden abrirse camino con perseverancia y creatividad.
Para el Estado, las instituciones académicas y el sector privado, el llamado es claro: se requieren políticas públicas, programas y mecanismos concretos que faciliten la inserción laboral de los jóvenes profesionales agrarios. Apostar por ellos no es solo una cuestión de justicia generacional, sino una condición necesaria para el desarrollo rural sostenible, la modernización del agro y la reducción de brechas territoriales. Y también se hace un llamado a las universidades para que midan el mercado y fortalezcan sus facultades.
El Cusco ha mostrado que cuenta con una juventud preparada, comprometida y capaz. El reto ahora es no desperdiciar ese capital humano y convertirlo en un verdadero motor de desarrollo para el país.